Al momento de decidir qué lugar visitar para hacer este ejercicio, no dudé en elegir la Terminal de ómnibus de Rosario, ya que para mi es una especie de territorio neutro, liberado para este tipo de reflexión. Cada vez que la visito, me invaden constantemente los mismos pensamientos. La inevitabilidad de tratar de pensar lo que el otro está pensando, esa absurda pretensión de querer conocer el mundo íntimo de cada uno de los que estamos de paso, o no, en este espacio. Llegar a la puerta principal y antes de entrar, ser recibido por los vendedores que habitan ese pequeño lugarcito como su puesto de trabajo; una vez dentro, la sensación que me recorre el cuerpo al observar -casi desde un lugar de niño- la inmensidad de la Terminal, es asombrosa, ya que me surge una y otra vez que la visito. No se porqué será, ya que al momento de visitar otras zonas monumentales, como por ejemplo un shopping, no siento lo mismo. Es que la Terminal tiene ese encanto especial de ser un puerto de realidades, un claro ejemplo de un no lugar dónde casi todos están de paso.
No voy a sacar ningún pasaje, ni averiguar ningún horario, no esta vez; esta visita la hago para dedicarme pura y exclusivamente a caminar la Terminal, para después tomar asiento y terminar mi observación. Muchas imágenes me están viniendo ahora que estoy sentado tratando de plasmar en letras lo que iba viendo en ese momento, pero no quiero describir imágenes, no debo describir imágenes. Siento una rara familiaridad al marchar, una familiaridad extraña y bizarra, ya que ese no es mi lugar, pero a la vez es el de todos y el mio, por lo menos mientras alli esté yo. No puedo definir claramente si esa familiaridad sea por estar acostumbrado a ver, recorrer la Terminal; o por algo más. Me tomo un tiempo para reflexionarlo mientras camino y trato de pensar en qué otros lugares me pasa o pasaría lo mismo: me pasaba lo mismo cuando iba a visitar mi escuela –digo pasaba porque en los últimos años han cambiado su infraestructura interna y los sentimientos no son los mismos-, me pasa lo mismo en la facultad; pero esos lugares “son o fueron mios” con el correr de los años. En cambio la Terminal es un punto que visito una vez por mes, quizás dos meses, no todos los días como lo fue la escuela, como lo es la facultad. Entonces la duda queda planteada ¿porqué siento esa extraña familiaridad en la Terminal de ómnibus?, eso quedara pendiente por el momento. Y asi, tomo asiento. Sigo mi camino, voy y vengo, salgo y vuelvo a entrar, soy uno más que pasa por la Terminal.
Una vez sentado, comienzo nuevamente a reflexionar, ahora sobre algo tan intangible y fuera de mi alcance como el tratar de dilucidar qué pasa por la cabeza de cada una de las personas a mi alrededor. Este si es un ejercicio que no admite lugar para mi, esa curiosidad tan intrínseca en el ser humano, en mi, me llama en cualquier momento y en cualquier lugar. Pero considero este espacio como diferente, un puerto de realidades, como antes afirmé. Trato de imaginar el mundo en el que está inmerso cada una de las personas en su rutinaria espera, de dónde vino, a qué lugar se dirige. Imposible figurarse que le depara a cada ser al momento de salir por una de las plataformas para desaparecer a bordo de esos gigantes mecánicos. Por un instante me invade la inquietante sensación de cómo sería poder descubrir por uno minutos el mundo de todas las personas que en ese instante comparten la Terminal conmigo. Conocer sus entornos, todos juntos, saber qué está pensando este señor sentado a mi lado, quién lo espera, de quién se despidió, a quién extraña, de quién se aleja. Ahí es cuando bajo de este pensamiento onírico, que ya estaba llegando a asustarme, prefiero quedarme con el misterio de tratar de adivinar el porqué de cada uno y porqué no ser uno más ahí dentro, otra alternativa de realidad que quizás otra persona esté tratando de dilucidar. Volviendo a la pregunta que dejé colgado anteriormente ¿Porqué siento esa extraña familiaridad en la Terminal de ómnibus? Quizás no sea familiarididad y si un sentimiento de pertenencia a un grupo nunca más heterogéneo que el que habita la Terminal de ómnibus, quizás sea eso, no lo se….
Las personas a mi lado se levantan y se van, dejan este espacio, este laberinto gigantesco de mundos, abandonan la Terminal de ómnibus en un viaje incierto de realidades que transitan constantemente; pero este lugar no da descanso, nunca esta vacío. Nuevas almas están llenando constante y casi automáticamente los espacios vacíos dejados por algunos y fabricados por otros. Es esta constante ida y vuelta lo que define a este sitio como un puerto de realidades, dónde unos pocos están anclados y el resto sigue su camino casi por obligación.
Cuando estas personas se van, o mejor dicho, cuando yo me voy o deambulo por este espacio, ¿Cómo me verán a mi en esos momentos de reflexión? ¿A alguien la interesará la particularidad de mi mundo? Siempre descanso en la forzosa idea de que constantemente hay otro en la misma situación que yo; lo que no pude dilucidar mientras estaba en la Terminal, es si ese otro estaba compartiendo ese espacio y tiempo conmigo, o estaba en otro lugar, en otro tiempo. Desde el punto de vista de los demás ¿seré uno más de paso por la Terminal? Probablemente asi lo sea y pase desapercibido, quizás no. Ahora que repaso lo que escribí, noto que muchas dudas me quedaron de esta mirada reflexiva de mi paso por la Terminal de ómnibus de Rosario, pero eso no opaca lo gratificante de esta experiencia en un lugar que se construye como un paradójico no lugar.